INFALTABLE (Segunda Parte)

Apenas comprados, los devoró uno a uno, para luego guardarlos cual cazador que cuelga en su pared la cabeza de su víctima.
Como buen coleccionador, además, se aseguraba de no causar mácula en sus más preciadas posesiones. Para ello, registraba cada cita, comentarios, apostilles y cualquier otro apunte que hubiese resaltado en dos cuadernillos por cada tomo, con la secreta esperanza de que, algún día, pudiera debatirlos con un conocedor especializado que se encontrara a su altura (o aparentara, de manera eficiente, estarlo).

Sin hijos y, prácticamente, sin una vida propia, se levantaba cada mañana a observarlos por unos minutos enalteciendo su voluntad por mantenerlos juntos, por haberlos salvado de un amateur que no supiera a cabalidad lo que tenía entre manos. Este momento de autosatisfacción le recordaba a cada instante que conservaba una colección incompleta, inconclusa, casi incapacitada: le faltaba el quinto tomo.

Circunstancia que le originó, sin embargo, nuevas rutinas: Cada mañana se tomaba diez minutos de su horario de oficinista mediocre para revisar en su computadora la gloriosa carátula del libro que le permitiría alcanzar el zenit de su existencia.

Se parapetaba encorvado volteando la pantalla de forma opuesta a la entrada de su cubículo, posando su codo en el escritorio y con la mano sobre la frente. Gesto adusto y ceño fruncido, aspirando bulliciosamente y cerrando la boca grandilocuentemente, así, quien lo viera, estaría seguro de que estaba concentrado, casi alterado por un tema laboral, “qué preocupado por su trabajo”, pensarían, “gran tipo, comprometido con lo suyo”, dirían.
Inocente y estúpido Adrián, al cual nadie le era relevante su existencia a tal punto que, si no fuera a laborar, nadie se daría cuenta de su falta mientras esos informes de contaduría siguieran llegando cada viernes a las 5 p.m. sin falta. Inocente e irrelevante, esa era la perfecta descripción de su vida y, aún así, su mundo se detenía ante el pequeño párrafo, que le causaba tantos estragos como lo harían anguilas eléctricas en su estómago:

“Pasta de cuero con ribetes de oro, 30 cm., 1500 páginas, con ilustraciones a todo color y anexos de los apuntes que fueran realizados a propia mano del autor. Este libro representa la punta del Everest de su capacidad literaria.

Simplemente, infaltable para todo coleccionista.”

“Infaltable…”. Y su pecho lo aprisionaba como despreciando su existencia.

INFALTABLE (Primera parte)

Adrián no confiaba en los seres vivos.
“El presente – decía – no es selectivo, no distingue, sólo acumula. Te puedes encontrar con un futuro James Joyce así como un eslabón perdido que aún no encuentra el impulso suficiente para acabar de evolucionar”.

Creía, ciegamente, en el poder discriminatorio del tiempo. Así, le resultaba obvio que si algún individuo del pasado se encontraba vigente hasta nuestra fecha, podía asegurar que aprender de él no iba a ser un desperdicio de tiempo.
“La historia nos reserva lo mejor – afirmaba con orgullo – como una cava que guarda sólo los mejores vinos para dejarle a los comunes, aguardientes defenestrados”.

De gustos pocos y vicios aún menos. Gozaba por tanto de una vida parametrada, antisocial, retraída, palmariamente estúpida y refugiada en los muertos. Aquellos que le traían tanta paz, seguridad, que le recordaban que no necesitaba mezclarse en conversaciones somnolientas o convites insignificantes.
Adrián no requería de ello, únicamente de dos horas de lectura nocturna diaria que le ofrecieran un sentido de superioridad frente a sus – sólo físicamente – iguales.

Su pequeña ceremonia iniciaba sirviéndose un vaso de agua tibia que reposaba a medio terminar sobre su velador. Sentado sobre su cama, tendida con una precisión digna de un relojero suizo, se embelesaba en su pobre colección de libros fotocopiados con la jactancia e engreimiento de quien ha viajado por todo el mundo rescatando invaluables obras de la literatura mundial.
La blanquísima pasta de cartón que recubría cada uno de sus libros le daba un aire de pulcritud a la estancia de 2×2 que retenía todo el resplandor de un foco malgastado a punto de quemarse.
Su pequeño librero de madera carcomida, que desprendía constantemente el polvillo que avisaba las usuales visitas de las polillas, eran su tranquilidad, su paz, la fuente de su esperanza en no ser común. Cual Quijote que presume de su rocín, el llamaba a este descuadrado estante despintado, BIBLIOTECA.

Tomaba un libro con un cuidado pintoresco para no gastar el empastado ni abrirlo demasiado, rozando con cuidado cada una de sus hojas. Quien lo viera creería que revisaba algún libro del siglo XIV, rescatado de Bizancio o quizás la Roma Occidental, tal vez librado del fuego árabe o de las hordas bárbaras de Atila.

Sin embargo, como toda “biblioteca” que se respeta, ésta tenía sus propias reliquias o, en palabras de aquel, sus “incunables”.
En efecto, en un rincón guardaba con recelo envueltos aún en sus bolsas originales los 4 tomos del conjunto de cuentos de su máximo escritor. Habiendo gastado casi tres meses de sueldo en cada uno de ellos representaban la magnificencia de su recopilación.

Los admiraba con la fascinación de un niño, glorificándose además con el título de “Coleccionador”. “Nosotros los COLECCIONADORES – repetía siempre – nos distinguimos de los lectores comunes. ELLOS – afirmaba lentamente como para resaltar la natural separación con una especie inferior – recogen toda la literatura casi depredándola. Les da igual si tienen entre sus manos a un Mario Vargas Llosa, a un Lord Byron o incluso un Descartes. Hoy pueden leer de literatura del siglo XV como mañana de poesía vanguardista y horas después vanagloriarse de leer filosofía clásica. No consumen: devastan, saquean. NOSOTROS – nuevamente con lentitud – nos encargamos de recabar, recopilar, CUIDAR. Conservamos lo específico, ensalzamos la particularidad, a la persona, a la idea. Nosotros somos los verdaderos guardianes de la literatura”.

“Falta de Señal”

Hoy la tristeza se ha transformado en “Falta de Señal”
Es el esperar, aguardar
Por esa llamada, mensaje, saludo o despedida
Que no encuentre su puerto porque nunca tuvo partida.

Es que en días como este te siento tan aparte
Te vuelves tan lejana
La mirada se irrita, la conciencia reclama,
La lógica conversa enmarañada
Con una trágica irracionalidad
Que he decidido llamar “esperanza”.

Y me agoto… Me resigno…

Hoy he recordado
Que tus pensamientos ya no enrumban
En esta dirección.

Velay!

Veintitres minutos y cincuenta y tres segundos,
Es lo que dura la esperanza
Por que, al fin y al cabo,
La voluntad es casi un juego de azar,
Una baraja de poker con las cartas marcadas
En el que pretendes manejar los porcentajes
Y autoconvencerte de que puedes ganar.

Porque, agotado el puente,
Y enfrentado a la resaca de la soledad
Que siempre deja el haberse sentido
(Alguna vez) querido,
todo,finalmente, se reduce a un inventario de probabilidades
A un teorema deductivo
De consecuencias y fatuas inducciones entre un abanico de formulas matematicas
Con conclusiones tan bizantinas y contraproducentes
Que acabas por aceptar el hecho
De que es mas facil admitir que tu alegria es, simplemente, una falacia
de falso antecedente.

Veintitres minutos
cincuenta y tres segundos,
Es lo que mi celular, indubitablemente,
Ha marcado como tiempo de supervivencia de mi confianza.
Porque un boton rojo y las decisiones (mal tomadas)
Obligan a que la conciencia someta a la firmeza a rendirse y,
aunque a veces me rebelo,
La costumbre acaba por forzarme a apencar.

Total! Es ya tarde y hace sueño…

Velay!

Agotemos las Posibilidades

Déjame mentirte entre escapes y oportunidades,
gatos azules de medianoche,
“teextraños” y “nomefaltes”.
Ciegate, respira,
disfruta el juego:
actúa como si me creyeras.
Permite, como acto desesperado
Que analicemos la incertidumbre
Mientras agotamos las posibilidades
Por que, al final de cuentas,
Que tal si nuestras mentiras
fueran la única verdad que necesitamos?
Anda! Acurrucate, respira despacio
que yo pretendere que me amas
Si tu pretendes que sere feliz a tu lado.